Mucha gente piensa que ha tenido mucho éxito en tal y cual cosa de la vida. Mucha gente cree haber fracasado en varios asuntos de su vida. Unos y otros pueden estar equivocados pero lo peor es como condiciona la personalidad de ambos, tanto en el fracaso como en el éxito.
También se dice que es más importante saber perder que ganar. Dice mucho de los valores de la persona que acepta con entereza su derrota, máxime cuando ensalza al ganador porque lo ha conseguido por meritos propios.
Es difícil evaluar las condiciones de una victoria o de una derrota según en qué circunstancias se ha desarrollado. No es lo mismo que pierda un individuo, que cien. No es lo mismo perder una oportunidad de negocio por tener que utilizar malas prácticas que conseguir un éxito, utilizando esas mismas malas prácticas. En definitiva, lo que puede ser un éxito para unos, puede ser un enorme fracaso para otros.
El éxito como el fracaso, el bien o el mal, son apreciaciones demasiado contundentes para hacer causa de honor en defensa de cualquiera de ellas. Yo estimo, que lo importante es poder ser juzgado por personas integras, cuyos valores personales, alineados en la ética y la moral, sean opiniones de autoridad. Solo entonces podríamos valora la influencia positiva o negativa en nosotros mismos.
Me preocupan mucho más las perronas que se autodefinen fracasadas en una acción o actividad concreta. He conocido muchas que se han autodestruido sin piedad y no han sabido levantar cabeza de una injusticia, consigo mismo, tan brutal.
Jesucristo tuvo algunos fracasos que llaman la atención en un hombre tan perfecto como fue Él. La traición de Judas, la negación de Pedro, su soledad en la cruz, solo tres personas en el monte calvario y, se comenta, las soledad de Cristo en los Sagrarios de todo el mundo. Yo, sin ser teólogo, me veo con conocimientos para justificar estas acciones y descalificarlas como fracaso y convertirlas en necesarias, a los ojos de Dios.
La conclusión es que solo la Ley de Dios puede juzgar estas situaciones de éxito-fracaso, el bien-el mal. Los seres humanos somos demasiado imperfectos para juzgar estas situaciones. Hay que ver el tiempo que desperdiciamos en intentar un consenso o el desgaste para reconducir un disenso.



